
Pensar en la Navidad no es, para muchas personas, una experiencia luminosa. Lejos de la postal clásica, estas fechas suelen activar dolor, ego herido, resentimiento o la sensación persistente de no encajar. En una cultura que sanciona al “Grinch” como figura incómoda, parecería que hay que hacer un esfuerzo adicional para cumplir con un guión emocional preestablecido: estar bien, reunirse, celebrar, consumir. Y no siempre es posible ni deseable.
La Navidad tradicional —la de la mesa grande, la familia unida, los rituales heredados— es válida para algunos. Y está bien que así sea. Pero también es cierto que hoy convive con otras realidades: separaciones, divorcios, viudez, duelos recientes o, simplemente, elecciones conscientes de transitar la vida de otro modo. Hay quienes viven solos, salen solos, van al cine solos, piensan y respiran en soledad. No como carencia, sino como forma de habitar el mundo.
Sin embargo, aun cuando muchos estereotipos se han resquebrajado, emergen otros con fuerza similar. Las redes sociales, el mercado y la cultura del entretenimiento promueven “otras navidades”: eventos, escapadas, fiestas y experiencias donde el valor pareciera reducirse a divertirse y distraerse. A veces, distraerse de una nada que no se quiere mirar.
La Navidad, en ese sentido, desnuda con crudeza los efectos de lo que se ha llamado la sociedad del cansancio. Sujetos de rendimiento permanente, medidos —también— por su capacidad de consumo. Tanto tenés, tanto valés. No es casual que, incluso en decisiones laborales, optar por menos poder adquisitivo a cambio de más tiempo resulte difícil de explicar o justificar. Elegir tiempo hoy es, para muchos, una rareza.
Algo similar ocurre en el plano emocional. Llegar a vivir en paz, conectados con el aquí y ahora, no es gratis. Implica atravesar soledad, tristeza, momentos de no pertenencia. Pero también llega, con el tiempo, un punto de equilibrio: cuando ya no cualquiera ni cualquier situación entra en la propia vida. Y eso, lejos de ser un cierre, suele ser una forma más saludable de apertura.
Este fenómeno no es solo local. Vivimos un proceso de aceleración global inédito. La cultura se homogeneiza a una velocidad que no da tregua: mismos consumos, mismas plataformas, mismas reglas de juego. Niños criados en universos digitales compartidos, adultos atrapados en lógicas de visibilidad y comparación constante. El cambio ya no es progresivo; es continuo. Y exige adaptación real, no solo discursiva.
En el mundo del trabajo, estas tensiones se vuelven aún más evidentes. La pérdida del poder adquisitivo convive con una exaltación del consumo como medida de éxito. Profesionales formados y experimentados se ven desplazados simbólicamente por figuras que, desde las redes, capitalizan atención y deseo. No se trata de juzgar trayectorias, sino de comprender qué habilidades y competencias están siendo realmente valoradas hoy, y cuáles quedan invisibilizadas.
Tal vez la Navidad pueda ser, entonces, algo distinto. Un momento de enfoque. Con otros, o en soledad. Un tiempo para preguntarnos qué deseamos de verdad y hacernos responsables de ese deseo. Para agradecer si ya estamos en un lugar más consciente. Y, para quienes conducen organizaciones o toman decisiones, una oportunidad de revisar qué culturas están promoviendo: si reproducen la exclusión o si habilitan vidas posibles.
Porque, en definitiva, la pregunta sigue abierta:
¿Estamos dándonos, como sociedad y como organizaciones, las conversaciones necesarias para adaptarnos al cambio, desarrollar las habilidades que este tiempo exige y asumir, con responsabilidad, la construcción de sociedades verdaderamente posibles?
